La ciudad marroquí de Fez cuenta con muchos motivos para visitarla, y uno de los principales lo encontramos en la curtiduría Chouara, en el corazón de su medina.
Existen lugares que no necesitas consultar en los mapas para saber que estás cerca. Lo confirma ese olor nauseabundo que te envuelve en algún momento mientras caminas por la fascinante medina de la ciudad de Fez. En algún momento, a medida que te aproximes, alguien te ofrecerá una ramita de hierbabuena para que te la acerques a la nariz en todo momento, y te invitará a subir a una azotea desde la que poder ser testigo de un paisaje urbano colmado de colores.
De las cuatro curtidurías que perduran en Fez, Chouara es la más antigua y grande de todas, con más de 100 fosas y 400 artesanos que preparan hasta 4.000 pieles al día bajo una técnica heredada de los tiempos de la Edad Media.
Una acuarela que engloba tantas historias como también reflexiones a nuestro paso por la Ciudad de las Mil Puertas.
Curtiduría Chouara: la importancia de una ramita de hierbabuena
La medina de Fez el-Bali (El Viejo) es una de las más espectaculares de Marruecos. Considerada como la zona peatonal más grande del mundo y declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, esta “ciudad” amurallada procedente del siglo IX regala tantos descubrimientos como formas de explorar su legado.
Sin embargo, cuando hablamos de artesanía y tradición, todas las visitas terminan en las curtidurías de la ciudad, uno de sus grandes emblemas.
La más popular es la curtiduría Chouara, cuyo año de origen es incierto y está compuesta de diferentes fosas colmadas de tintes naturales que sirven para colorar piezas de cuero procedentes de animales como corderos, cabras, bueyes y camellos.
El primer paso de elaboración consiste en introducir las pieles en enormes cubas rellanadas con una combinación de cal, orina de vaca, excrementos de paloma, sal y agua donde se dejan reposar las piezas durante varios días. Tras este proceso, se introducen las piezas en otras cubas de tintes naturales en diferentes colores elaborados a partir devarios elementos: las amapolas son empleadas para el color rojo, mientras que del índigo se obtiene el azul y de la henna, el naranja.
Finalmente, las pieles se dejan al sol antes de ser manipuladas por las manos de los artesanos que las convierten en bolsos, abrigos o zapatos para vender al público en diferentes puntos, entre ellos los puestos de la medina.
De hecho, más de un comercial de estos bazares es el encargado de mostrar al turista las vistas de las curtidurías, regalándole una ramita de hierbabuena a su llegada y ascendiendo junto a él hasta la terraza. El motivo de la hierbabuena, por supuesto, obedece al olor nauseabundo procedente de las cubas donde se elaboran las mezclas hasta culminar el proceso. Todo ello, realizado de forma manual, ya que no se emplea maquinaria moderna a fin de conservar las técnicas originales de la era medieval.
Un paisaje cultural único que no está exento de polémica, ya que en más de una ocasión se ha denunciado la falta de guantes y otras herramientas que permitan a los trabajadores realizar su trabajo de forma segura.
En estos casos, muchos de los curtidores obtienen ingresos extra a través de las donaciones de 50 dirhams (unos 5 euros) aportados por los turistas, si bien muchos defienden, con cierta apatía, el peso de la tradición del oficio como justificación. Algo, cuanto menos, cuestionable.
La curtiduría Chouara es la más grande de todas, si bien podemos encontrar otros ejemplos en la ciudad: la curtiduría Sidi Moussa es menos turística y se encuentra en la zona de Guerniz, cerca del Museo Nejjarine. Esta es la única curtiduría de la que se tienen datos, ya que aparece mencionada en algunos textos de principios del siglo XII, aunque algunas fuentes indican que podría existir desde la fundación de la ciudad a manos de Idriss II, a comienzos del siglo IX. También la curtiduría Ain Azliten es visitable en el extremo norte de la ciudad, en el barrio de Ain Azliten.
Un recorrido que no solo nos convierte en testigos de la tradición, sino también de unos colores en los que conviene profundizar a la hora de explorar todas las miradas del relato.

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Escrito por Alberto Piernas Medina