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LA HABANA: BOTELLA DE RON, TABACO Y MÁS

21 diciembre, 2016
Guía de Cuba

Botella’e ron, tabaco habano“, Ese es uno de los versos más conocidos de A lo cubano, el tema musical del grupo Orishas allá por el año 2000, que gritaba a quien quisiera oírlo (y a los que no teníamos ni idea de lo que pasaba en la isla) que Cuba no era solo son y ron, pero también. Que las imágenes que veíamos de La Habana no agotaban las posibilidades de esa ciudad en constante efervescencia.

Igual es impresión mía, pero La Habana es uno de esos lugares que se disfrutan más la segunda vez que se visitan. A ver si me explico. La vida en La Habana no es simple ni suave, como aquí o cien millas más al norte, antes al contrario. La primera vez que recorremos sus calles es difícil asumir con facilidad todas las grandes diferencias que separan nuestros cotidianos.

No es la típica ciudad de arquitectura colonial y cocoteros que imaginas en las Antillas, sino una gran urbe (la mayor del Caribe) que sobrepasa los dos millones y medio de habitantes. Fundada en 1519 por colonos castellanos y fortificada tras numerosos avatares, pronto se convertiría en la capital de la isla, luego en la del “protectorado” norteamericano, y más tarde en la sede gubernamental del actual gobierno.

Ya decía que La Habana y sus circunstancias no son precisamente fáciles para el turista mondo y lirondo. Todos conocemos las limitaciones materiales a las que está sometida su población, que han hecho mella en el carácter de sus pobladores; como también lo ha hecho el buenismo del turista progre europeo medio y sus dádivas con lazo de culpabilidad, en una ciudad más viva que ninguna. Esa actitud en el fondo condescendiente es el pecado original de un turista a quien, en realidad, el cubano desprecia o del que se aprovecha.

Comer en los paladares más populares dice mucho al turista novato

Es muy fácil quedarse en la superficie de La Habana. Fotos por la Habana Vieja, mojito en La Bodeguita del Medio entre rusos y americanos borrachos, paseo por el malecón sorteando con poca gracia a los jineteros/as, visita al Capitolio y alguna fortificación (es que son de la Unesco) y fin de velada en el Tropicana. La Habana espantará a los amantes de las urbes-museo, de los circuitos sin sobresaltos y del servilismo nativo.

La Habana está muy, muy viva, como sus habitantes. Para conocerla con más fidelidad habrá que acercarse al menos al barrio de Vedado o a Regla y pasar varias horas en la plaza de la Revolución, negociando con hábiles y discretos pedigüeños y variopintos amigos de la vieja madre patria. Un día en las playas de La Habana es una bofetada de realidad para los que esperaban encontrarse con un Varadero urbano…

Yo solamente tengo habanismo de nivel dos, así que no puedo dar lecciones sobre qué habrá más allá; pero sé que tiene que haber más. La Habana y sus encantos reales, sencillos pero radicales, no se abren al forastero con la facilidad que solemos pensar quienes empuñamos un puñado de dólares. El barrio chino, un animado partido de pelota, charlar un rato en un parque y La Rampa guardan secretos que sólo los verdaderamente iniciados pueden disfrutar.

Escrito por: Victor Zamorano Blanco – Fotos: Pinterest

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